El mejor a los 14 no siempre es el mejor a los 20
El talento deportivo, los tiempos de maduración y el riesgo de confundir el rendimiento temprano con el potencial futuro.
En el deporte formativo, muchas veces se confunde detectar talento con anticipar el futuro de un deportista.
El chico que sobresale a los 13 o 14 años suele recibir más oportunidades, reconocimiento y expectativas. Mientras tanto, otros que todavía no alcanzaron ese nivel empiezan a quedar relegados.
Pero el desarrollo deportivo no es lineal.
La maduración física, los aprendizajes técnicos, la confianza, la capacidad de tomar decisiones y los recursos psicológicos no evolucionan al mismo ritmo en todas las personas.
¿Cuántas veces confundimos al que hoy juega mejor con el que tendrá mayores posibilidades de desarrollarse?
Manu Ginóbili: el crack que pocos imaginaron
Hoy resulta difícil pensar en Manu Ginóbili sin recordar sus cuatro títulos de la NBA, la medalla de oro olímpica de Atenas 2004 y su extraordinaria trayectoria internacional.
Sin embargo, cuando era chico, casi nadie imaginaba que llegaría tan lejos.
Su desarrollo físico fue más lento que el de otros jugadores. Era muy delgado, le preocupaba su estatura y, aunque tenía condiciones, no se destacaba como una figura excepcional.
Luis Scola, compañero suyo en la Generación Dorada, recordó que Manu era un jugador promedio durante sus primeros años y que incluso había quedado fuera de una selección juvenil a los 15 años.
Muchos años después, Daniel Farabello, quien compartió con él su primera temporada en Andino de La Rioja, recordó algo parecido.
Manu llegó a la Liga Nacional como un juvenil más. No tenía demasiados minutos y todavía estaba lejos de sobresalir entre los profesionales.
Farabello fue categórico: nadie imaginaba la carrera que terminaría construyendo.
Pero también recordó algo que ayuda a comprender su evolución: Manu trabajaba muchísimo, buscaba mejorar permanentemente y aprovechaba las oportunidades que se le presentaban.
Su crecimiento no fue solamente físico. Fue deportivo, técnico, competitivo y psicológico.
Y fue progresivo.
El propio Ginóbili contó que, a los 17 años, comenzaba a creer que podía tener posibilidades en el básquet, pero todavía contemplaba la alternativa de estudiar una carrera universitaria si las cosas no salían como esperaba.
Recién después de los 19 empezó a convencerse de que el básquet sería su profesión.
El Manu que conocemos no estaba completamente formado a los 14, a los 16 ni siquiera a los 18 años.
Y ese es el verdadero valor de su historia.
No significa que todos los chicos que hoy pasan inadvertidos terminarán convirtiéndose en estrellas. Significa que el rendimiento de un adolescente no alcanza para determinar su futuro deportivo.
Detectar talento no es lo mismo que desarrollarlo
Hace años escribí una reflexión que titulé La fábrica de cracks.
Hoy volvería sobre aquella idea para destacar algo que considero fundamental:
No alcanza con encontrar talento. Hay que saber desarrollarlo.
En muchos clubes, los chicos que se destacan tempranamente reciben más minutos, mejores oportunidades y mayor atención.
Esto puede responder a necesidades competitivas comprensibles. Pero cuando esas decisiones se trasladan sistemáticamente a los procesos formativos, corremos el riesgo de dejar de acompañar a quienes maduran más lentamente.
Un chico puede sobresalir porque tiene ventajas físicas transitorias. Otro puede necesitar tiempo para fortalecer su cuerpo, desarrollar confianza o adquirir recursos técnicos y psicológicos.
No todos recorren el mismo camino ni lo hacen a la misma velocidad.
Y el deporte necesita aprender a convivir con esas diferencias.
El desarrollo psicológico también tiene sus tiempos
El chico que hoy es el mejor de su categoría necesita prepararse para el momento en que deje de serlo.
Porque tarde o temprano encontrará rivales más fuertes, atravesará períodos de bajo rendimiento o dejará de recibir el reconocimiento al que estaba acostumbrado.
Y aquel que hoy parece estar un paso atrás necesita oportunidades para seguir creciendo, sin quedar atrapado en la idea de que no tiene condiciones suficientes.
Ambos necesitan aprender a afrontar dificultades, tolerar frustraciones, sostener el compromiso y desarrollar confianza.
Desde la Psicología Deportiva, acompañar esos procesos implica mucho más que enseñar técnicas para mejorar la concentración o controlar la ansiedad.
También significa ayudar a construir una relación saludable con el esfuerzo, el error, la competencia y las expectativas.
El rendimiento importa. Pero también importa cómo se desarrolla la persona que tiene que sostenerlo.
¿Estamos formando o seleccionando?
Los clubes necesitan evaluar, seleccionar y tomar decisiones. Es parte de la actividad deportiva.
El problema aparece cuando confundimos esas decisiones con diagnósticos definitivos sobre el futuro de un chico.
Una selección realizada a los 14 años no debería convertirse en una sentencia sobre sus posibilidades a los 20.
La historia de Ginóbili nos recuerda que incluso alguien que terminaría siendo uno de los mejores deportistas argentinos de todos los tiempos necesitó madurar, trabajar, equivocarse y encontrar oportunidades para desarrollar su potencial.
Una buena estructura formativa no debería medirse solamente por los talentos que descubre, sino también por los que consigue desarrollar.
Quizás deberíamos prestar menos atención a quién es el mejor hoy y un poco más a qué estamos haciendo para que cada deportista pueda llegar a ser su mejor versión.
Porque el mejor a los 14 no siempre es el mejor a los 20.
Y el que hoy parece estar lejos todavía puede tener mucho camino por recorrer.
¿Estamos formando deportistas o simplemente seleccionando a los que hoy parecen mejores? 
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