Les decimos que disfruten, pero les exigimos que ganen

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Los mensajes contradictorios de los adultos en el deporte formativo.

Antes de cada partido repetimos frases que parecen indiscutibles: «Andá, divertite», «Disfrutá», «Jugá tranquilo», «Lo importante es aprender».

Pero alcanza con que empiece el partido para que, muchas veces, esas palabras pierdan sentido.

Desde afuera aparecen los gritos, las indicaciones permanentes, los cuestionamientos al árbitro, las críticas al entrenador y las reacciones desmedidas ante un error.

Y los chicos están ahí. Escuchando, observando e interpretando.

¿Qué mensaje deben seguir? ¿El que reciben antes de jugar o el que transmitimos cuando las cosas no salen como esperamos?

La contradicción también genera presión

Los adultos solemos pensar que la presión deportiva aparece cuando exigimos demasiado. Pero no siempre es tan evidente.

A veces, la presión nace de la contradicción.

Un chico al que le decimos que se divierta, pero que después nos ve enojados porque perdió, puede empezar a preguntarse qué esperamos realmente de él.

¿Que disfrute? ¿Que aprenda? ¿O que gane para que estemos contentos?

No todos reaccionan de la misma manera. Algunos pueden sentir miedo a equivocarse. Otros empiezan a jugar pendientes de la tribuna, del gesto del entrenador o de la reacción de sus padres.

Y cuando la atención se desplaza permanentemente hacia lo que los demás esperan, resulta más difícil concentrarse en lo que el juego necesita.

El error es parte del aprendizaje

En el deporte formativo, equivocarse no debería ser una amenaza.

Un pase mal dado, una decisión equivocada o una oportunidad desperdiciada son situaciones que forman parte del proceso de aprendizaje.

Sin embargo, muchas veces reaccionamos ante esos errores como si estuviéramos frente a deportistas profesionales que tienen la obligación de resolverlo todo correctamente.

Nos olvidamos de algo fundamental: todavía están aprendiendo a jugar, a competir y a manejar lo que sienten mientras lo hacen.

La preparación mental no consiste en enseñarles a no equivocarse ni en convencerlos de que siempre deben sentirse seguros.

Consiste también en ayudarlos a desarrollar recursos para afrontar la frustración, recuperar la concentración, tolerar la incertidumbre y seguir participando después de un error.

Pero ese aprendizaje necesita un entorno que lo acompañe.

Los adultos también jugamos nuestro partido

Padres, entrenadores y dirigentes tenemos responsabilidades diferentes, pero compartimos una muy importante: construir las condiciones para que los jóvenes puedan desarrollarse.

No alcanza con explicarles qué deberían hacer.

También importa cómo reaccionamos cuando pierden, cuando quedan en el banco, cuando el árbitro se equivoca o cuando el entrenador toma una decisión que no compartimos.

Porque los chicos aprenden de nuestras palabras, pero también de nuestras conductas.

Y esas conductas pueden confirmar o desmentir lo que les enseñamos.

No se trata de pedirles a los adultos que permanezcan indiferentes ni de eliminar la exigencia del deporte.

Se trata de comprender que acompañar no significa dirigir cada movimiento desde afuera, ni convertir cada resultado en una evaluación personal.

Exigir no es apurar los procesos

El alto rendimiento requiere disciplina, compromiso, entrenamiento y exigencia. Pero ninguna de esas condiciones justifica acelerar artificialmente los tiempos de maduración.

Un joven deportista necesita aprender a competir. También necesita descubrir qué significa ganar, perder, frustrarse, esforzarse y volver a intentarlo.

Son experiencias que no pueden enseñarse solamente con discursos.

Se construyen viviendo situaciones, elaborándolas y encontrando adultos capaces de acompañarlas.

Por eso, quizás antes de preguntarnos por qué un chico siente tanta presión, deberíamos observar qué mensajes le estamos transmitiendo.

Y antes de pedirle que controle sus emociones, revisar qué hacemos nosotros con las nuestras durante un partido.

Porque formar deportistas no consiste solamente en prepararlos para ganar. También implica ayudarlos a crecer como personas.


Germán Diorio
Psicólogo Deportivo | Alto Rendimiento
El Psicólogo del Club

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