¿Alguna vez te pasó entrar a una cancha y darte cuenta de que tu cuerpo estaba ahí, pero tu cabeza seguía en otro lugar?
Tal vez estabas pensando en una discusión que habías tenido unas horas antes. En una preocupación económica. En una situación familiar complicada. O simplemente en algo que no podías sacarte de encima.
Si te pasó, no significa que seas débil.
Significa que sos humano.
Y aunque muchas veces escuchamos que hay que «dejar los problemas afuera de la cancha», la realidad es que eso no siempre es posible.
Porque debajo del uniforme deportivo hay una persona.
Una persona con emociones, preocupaciones, expectativas, miedos y desafíos propios.
Sin importar si hablamos de un deportista profesional, amateur o de alguien que simplemente compite los fines de semana, todos llevamos nuestra vida con nosotros cuando entrenamos o competimos.
Y eso tiene consecuencias.
Muchas veces un deportista empieza a rendir por debajo de su nivel habitual y la explicación que aparece rápidamente es que está distraído, que perdió motivación o que no está comprometido.
Pero no siempre es así.
A veces el problema no está en la cancha.
A veces está en todo aquello que el deportista está intentando sostener fuera de ella.
Y esto tiene una explicación muy simple.
Nuestra atención es limitada.
Cuando una parte importante de nuestra energía mental está ocupada procesando una preocupación, un conflicto o una situación difícil, queda menos disponible para leer el juego, tomar decisiones, ejecutar movimientos o mantener la concentración.
Entonces aparecen errores que normalmente no cometeríamos.
Llegamos tarde a una jugada.
Perdemos foco.
Nos frustramos más rápido.
Dudamos donde antes actuábamos con confianza.
Y muchas veces terminamos creyendo que el problema es técnico, físico o táctico, cuando en realidad una parte importante de la explicación está ocurriendo dentro de nuestra cabeza.
La buena noticia es que esto se puede trabajar.
Porque la fortaleza mental no consiste en no sentir.
No consiste en eliminar las emociones.
Y tampoco en fingir que los problemas no existen.
La fortaleza mental consiste en desarrollar la capacidad de reconocer lo que nos está pasando sin quedar atrapados en eso.
Consiste en aprender a volver al presente.
A recuperar el foco.
A dirigir la atención hacia aquello que depende de nosotros en ese momento.
Y, como cualquier otra habilidad, eso también se entrena.
Por eso trabajar la cabeza no es algo que se hace únicamente cuando aparece un problema.
Es una parte fundamental de la preparación deportiva.
Entrenamos el cuerpo para responder mejor cuando llega la competencia.
¿Por qué no entrenar también la mente?
Porque detrás de cada deportista hay una persona.
Y cuanto mejor preparada esté esa persona para gestionar su mundo interno, mayores serán las posibilidades de que el deportista pueda expresar todo su potencial cuando más lo necesita.
